lunes, 17 de abril de 2017

EN BUSCA DE MI VOCACION DE MAESTRO

Participante: Néstor Ladera.



   Permítanme comenzar diciendo que soy un ser humano que siento y padezco, que tengo fortalezas y debilidades, que tengo aciertos y cometo errores, que estoy dispuesto a aprender todos los días porque no lo sé todo, que estoy dispuesto a pedir perdón si fuera necesario y a perdonar, que trato de practicar la humildad en mi corazón luchando permanentemente dentro de mi ser, con los pensamientos arrogantes generados por el ego.

   Soy el menor de dos hermanos descendientes de pobladores y pobladoras de un pequeño pueblo ubicado en las costas aragüeñas llamado Cuyagua; y aunque no nací en él, viví gran parte de mi infancia con mi abuela materna (Doña Amanda Escalona), de la que orgullosamente aprendí parte de mis raíces culturales como afrodescendiente (música, tradiciones, costumbres, idiosincrasia, comidas, bailes, refranes, modismos, entre otros). Por situaciones de la vida, mi madre me dio a luz en Caracas donde vivimos algún tiempo; trabajaba como doméstica en varias casas, siendo explotada en muchas de ellas y además teniendo que ser madre y padre a la vez. Posteriormente nos mudamos a Maracay donde culmine la primaria, saque el bachillerato y la universidad.
   Considero que era un niño curioso, inquieto e irreverente; razón por la cual me castigaban y regañaban mucho en la familia, en la escuela y en la escuelita (lo que se conoce hoy en día como tareas dirigidas). Siempre me gustaba jugar y cantar parrandas de mi pueblo; a la edad de 13 años, ingresé en la agrupación de música folclórica “Tierra Nuestra”, donde tuve la dicha de aprender diversos géneros musicales de nuestra tierra; además de conocer a distinguidos cultores y cultoras (maestros y maestras pueblo) de diferentes regiones del país, experimentando en carne propia e internalizando la gran y diversa riqueza musical y cultural que existe a lo largo y ancho de nuestro hermoso país.
   Durante mi adolescencia practiqué natación, lo que me permitió incurrir en ese maravilloso mundo, creo que fue allí donde descubrí mi vocación e inclinación por la docencia; ya que me gustaba enseñar a los niños y niñas el arte de nadar. Con el tiempo fui ejerciendo diferentes responsabilidades de mayor exigencia en este medio, pasando por monitor, instructor hasta llegar a entrenador de natación. Durante este transcurrir vivencié diversas experiencias con niños y niñas, adolescentes, jóvenes, adultos y adultas, con personas adultas y adultos mayores, personas con discapacidad, personas con diversidad funcional; así como también, con diversas comunidades y organizaciones sociales; lo que me llevo a tomar la decisión, posteriormente, de estudiar Educación Física en la U.P.E.L. de Maracay de donde egresé en el año 1994.
  Desde mis tiempos de pre-grado en la U.P.E.L., he venido cuestionando la manera en que, las personas que estudiamos esta bella e importante carrera, permitimos que nos formen en la universidad; y más aún, la manera en que, una vez graduados, repetimos al pie de la letra, en las instituciones educativas donde prestamos servicio, lo que nos enseñaron en la universidad cuando nos formamos. La realidad que nos presentan en la universidad está totalmente desfasada de las instituciones educativas y de las comunidades del país; te preparan para sacar atletas en las escuelas y no para atender la cultura física de forma holística e integral en los niños y niñas; te forman para atender la especialidad del deporte (los que se destaquen, los talentos) y no a atender en igualdad de condiciones las capacidades básicas generales de los niños y niñas; en fin, te enseñan a dar deporte y no a dar la educación física. Este planteamiento concuerda con lo descrito por Luis Antonio Bigott en su libro “Hacia una pedagogía de la desneocolonización” en el capítulo “Una política nacional universitaria” cuando relata que la universidad experimentó el debilitamiento de su sector científico técnico con la incorporación de un contingente de docentes que no tenían la noción de la conciencia de clases y que no lograban aportar a su estudiantado las herramientas necesarias para alcanzar sus objetivos en el seno de su comunidad; y que además, habían hecho de parte de la institución un escenario para la adquisición de un salario y no para la realización de un trabajo creador. Por otro lado, señaló también que la universidad recibió un número significativo de estudiantes que encontraron en la universidad el sitio ideal para diplomarse y no para profesionalizarse.
    Decía el científico y profesor Albert Einstein. El mundo que fue creado con una forma de pensar, no puede ser cambiado con la misma forma de pensar que teníamos cuando fue creado”. Esta frase, nos da una clarísima idea de que para poder llevar a cabo las transformaciones necesarias; bien sea en nuestro sistema educativo, en nuestra práctica pedagógica o en nuestra vida personal, debemos ante todo, cambiar nuestra forma de pensar para poder intentar hacer algo diferente a como lo veníamos haciendo; debemos detectar de manera consciente y permanente, todos los elementos que empujan lo viejo y transformarlos en los elementos que queremos como nuevos o innovadores; entraríamos en un proceso reflexivo donde constantemente nos diríamos: “no sé si el camino es por aquí o si lo que hago debe ser así; pero lo que sí sé es el camino por donde no es o como no es lo que debo hacer. Este planteamiento, tiene que ver además con; y parafraseando a la profesora Yoama Paredes, “darle palo a las ideas y acciones que perpetúan el modelo viejo para que termine de morir y, por otro lado, crear, propiciar y favorecer las ideas y acciones innovadoras que hagan que lo nuevo termine de nacer” y poder llegar entonces, a lo dicho por Ernesto “Ché” Guevara, “cuando lo extraordinario se hace cotidiano, estamos en presencia de la revolución”.
   Durante mis inicios en la carrera docente, siempre cuestione al sistema educativo bajo el cual me forme y el cual vivencie durante mi niñez y adolescencia; ya que era muy memorístico, repetitivo y aburrido; que no enseñaba ni dejaba nada para la vida. Es por ello, que desde mis primeros años de ejercicio docente fui buscando, experimentando y poniendo en práctica otras formas de enseñar, para tratar de romper con esos viejos paradigmas y esquemas rígidos de educar. Poco a poco fui comprendiendo la importancia que tiene el principio de Integralidad en el desarrollo de las capacidades de los niños y de las niñas, en compartir con ellos y ellas experiencias significativas que les sirvan para su vida presente y futura como ciudadanos y ciudadanas de nuestra patria hermosa. Por esta razón, desde hace ya varios años he tratado de estructurar un método de trabajo; en el cual se aborde y atienda dentro de las clases de educación física, la práctica y difusión de los valores, el respeto, la convivencia entre todos, la tolerancia, el bien común, el trabajo cooperativo. Una forma de trabajo que, en la medida de las posibilidades que brinde el entorno, se deslastre de la vieja cultura y prácticas arraigadas de la escuela convencional, como lo es el individualismo, la competencia entre rivales, la descalificación hacia los considerados por algunas personas y sociedades como “los más débiles e incapaces”, del profesor considerado por sus demás compañeros de labores como el mal vestido, el mal hablado o el cabeza de músculo. En fin, podría asegurar y reafirmar mi convicción en el desarrollo integral armónico y holístico de las capacidades, destrezas y habilidades del ser humano; apoyándonos en el juego, la música, la cultura, el trabajo cooperativo, la curiosidad, la resolución de situaciones entre todas y todos, entre otros. Todo esto, concuerda con lo establecido en la Ley Orgánica de Educación en su Artículo número 06, Ordinal 03, Literal D; el cual señala el “… desarrollo socio-cognitivo integral de ciudadanos y ciudadanas, articulando de forma permanente, el aprender a ser, a conocer, a hacer y a convivir, para desarrollar armónicamente los aspectos cognitivos, afectivos, axiológicos y prácticos, y superar la fragmentación, la atomización del saber y la separación entre las actividades manuales e intelectuales.”.
  El profesor Armando Rojas, en su libro “Educación como continuo humano”. Refiere que “sin duda la edad fue fundamental para la estrategia de enseñanza que Robinson brindó a Bolívar y esta estaba fundada en la cualidad de aprender que tiene todo ser humano; por ello su acción docente fue la de crear las condiciones para que ese aprendizaje se desarrollara al máximo en todos los ámbitos de la condición humana: mental, física, biológica y de contexto tanto temporal como espacial.” (Armando Rojas, Educación como continuo humano, 2006 p 10). De igual forma, refiere Díaz Cantillo que “La educación es un proceso cuya finalidad es el pleno desarrollo del ser humano; es el vehículo de la cultura y de los valores como construcción de espacios de socialización, a su vez, en la práctica pedagógica debe buscar creadoramente los métodos y vías para favorecer el desarrollo personal y grupal desde las potencialidades de los aprendizajes sociales que ellos brindan”.
Ya para concluir, permítanme realizar la comparación de la escuela que tuve, la escuela del presente y la escuela que quiero tener a futuro. La escuela que tuve, fue la escuela en la que me forme y me criaron, era excluyente, intolerante, se centraba en el saber cómo excelencia; enseñaba para la sumisión, la disciplina castigadora y el sometimiento del individuo; propiciaba el individualismo, la competencia entre rivales, el desarraigo de nuestra venezolanidad, de nuestra identidad y nuestra cultura; era multiplicadora de contenidos desfasados de la realidad, maltratadora y violadora de derechos humanos; que ridiculizaba el ser pobre, indio, campesino o negro. La escuela del presente, es en la que me encuentro inmerso ahora, la que todavía presenta la lucha de modelos antagónicos, que tiene vestigios de la vieja escuela de donde fuimos formados y que todavía no termina de morir; que tiene al mismo tiempo, elementos innovadores, integrales, revolucionarios y humanistas que no se han arraigado en la totalidad de los docentes del país porque aún no ha terminado de nacer, que presenta en algunos lugares o planteles muchas fortalezas y en otros muchas debilidades. La escuela que quiero tener a futuro, es aquella que acompañe a los niños y niñas en su proceso de formación; que los respeten como ciudadanos y ciudadanas; que practique de manera cotidiana los valores para la vida; que desarrolle y atienda sus capacidades básicas, sus habilidades y destrezas que les sean útil en su vida presente y futura; que haga que sus estudiantes se sientan amados y amadas, protegidos y protegidas, que se sientan felices; que les enseñe a cantar a bailar, a hacer cosas con las manos, a desarrollar la creatividad a todas y a todos en igualdad de condiciones; que propicie espacios, actividades y dinámicas que promuevan el trabajo cooperativo, complementario y solidario; en fin, una escuela propiamente humanista, holística e integral en todo el sentido de la palabra, fundamentada en los ideales de Simón Rodríguez, Simón Bolívar y Hugo Chávez.
El título de esta ponencia “EN BUSCA DE MI VOCACION DE MAESTRO” nos convoca a todos y a todas a explorar en el interior de nuestro ser y a reflexionar de manera sincera y honesta sobre cuál es la verdadera inclinación o interés que sentimos los docentes y las docentes para desempeñarnos de una forma determinada en nuestra práctica pedagógica.
Simón Bolívar señaló en su escrito titulado “Método que se debe seguir en la educación de mi sobrino Fernando Bolívar”. “La educación de los niños debe ser siempre adecuada a su edad, inclinaciones, genio y temperamento”. Lima, 1825.





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