Permítanme comenzar diciendo
que soy un ser humano que siento y padezco, que tengo fortalezas y debilidades,
que tengo aciertos y cometo errores, que estoy dispuesto a aprender todos los
días porque no lo sé todo, que estoy dispuesto a pedir perdón si fuera
necesario y a perdonar, que trato de practicar la humildad en mi corazón
luchando permanentemente dentro de mi ser, con los pensamientos arrogantes
generados por el ego.
Soy el menor de dos hermanos
descendientes de pobladores y pobladoras de un pequeño pueblo ubicado en las
costas aragüeñas llamado Cuyagua; y aunque no nací en él, viví gran parte de mi
infancia con mi abuela materna (Doña Amanda Escalona), de la que orgullosamente
aprendí parte de mis raíces culturales como afrodescendiente (música,
tradiciones, costumbres, idiosincrasia, comidas, bailes, refranes, modismos,
entre otros). Por situaciones de la vida, mi madre me dio a luz en Caracas
donde vivimos algún tiempo; trabajaba como doméstica en varias casas, siendo
explotada en muchas de ellas y además teniendo que ser madre y padre a la vez.
Posteriormente nos mudamos a Maracay donde culmine la primaria, saque el
bachillerato y la universidad.
Considero
que era un niño curioso, inquieto e irreverente; razón por la cual me
castigaban y regañaban mucho en la familia, en la escuela y en la escuelita (lo
que se conoce hoy en día como tareas dirigidas). Siempre me gustaba jugar y
cantar parrandas de mi pueblo; a la edad de 13 años, ingresé en la agrupación
de música folclórica “Tierra Nuestra”, donde tuve la dicha de aprender diversos
géneros musicales de nuestra tierra; además de conocer a distinguidos cultores
y cultoras (maestros y maestras pueblo) de diferentes regiones del país, experimentando
en carne propia e internalizando la gran y diversa riqueza musical y cultural
que existe a lo largo y ancho de nuestro hermoso país.
Durante mi adolescencia
practiqué natación, lo que me permitió incurrir en ese maravilloso mundo, creo
que fue allí donde descubrí mi vocación e inclinación por la docencia; ya que
me gustaba enseñar a los niños y niñas el arte de nadar. Con el tiempo fui
ejerciendo diferentes responsabilidades de mayor exigencia en este medio,
pasando por monitor, instructor hasta llegar a entrenador de natación. Durante
este transcurrir vivencié diversas experiencias con niños y niñas,
adolescentes, jóvenes, adultos y adultas, con personas adultas y adultos
mayores, personas con discapacidad, personas con diversidad funcional; así como
también, con diversas comunidades y organizaciones sociales; lo que me llevo a
tomar la decisión, posteriormente, de estudiar Educación Física en la U.P.E.L.
de Maracay de donde egresé en el año 1994.
Desde mis tiempos de pre-grado
en la U.P.E.L., he venido cuestionando la manera en que, las personas que
estudiamos esta bella e importante carrera, permitimos que nos formen en la
universidad; y más aún, la manera en que, una vez graduados, repetimos al pie
de la letra, en las instituciones educativas donde prestamos servicio, lo que
nos enseñaron en la universidad cuando nos formamos. La realidad que nos
presentan en la universidad está totalmente desfasada de las instituciones
educativas y de las comunidades del país; te preparan para sacar atletas en las
escuelas y no para atender la cultura física de forma holística e integral en
los niños y niñas; te forman para atender la especialidad del deporte (los que
se destaquen, los talentos) y no a atender en igualdad de condiciones las
capacidades básicas generales de los niños y niñas; en fin, te enseñan a dar
deporte y no a dar la educación física. Este planteamiento concuerda con lo
descrito por Luis Antonio Bigott en su libro “Hacia una pedagogía
de la desneocolonización” en el capítulo “Una política nacional universitaria”
cuando relata que la universidad experimentó el debilitamiento de su sector
científico técnico con la incorporación de un contingente de docentes que no
tenían la noción de la conciencia de clases y que no lograban aportar a su
estudiantado las herramientas necesarias para alcanzar sus objetivos en el seno
de su comunidad; y que además, habían hecho de parte de la institución un escenario
para la adquisición de un salario y no para la realización de un trabajo
creador. Por otro lado, señaló también que la universidad recibió un número
significativo de estudiantes que encontraron en la universidad el sitio ideal
para diplomarse y no para profesionalizarse.
Decía
el científico y profesor Albert Einstein. “El mundo que fue
creado con una forma de pensar, no puede ser cambiado con la misma forma de
pensar que teníamos cuando fue creado”. Esta frase, nos da una clarísima
idea de que para poder llevar a cabo las transformaciones necesarias; bien sea
en nuestro sistema educativo, en nuestra práctica pedagógica o en nuestra vida
personal, debemos ante todo, cambiar nuestra forma de pensar para poder
intentar hacer algo diferente a como lo veníamos haciendo; debemos detectar de
manera consciente y permanente, todos los elementos que empujan lo viejo y
transformarlos en los elementos que queremos como nuevos o innovadores;
entraríamos en un proceso reflexivo donde constantemente nos diríamos: “no sé
si el camino es por aquí o si lo que hago debe ser así; pero lo que sí sé es el
camino por donde no es o como no es lo que debo hacer. Este planteamiento,
tiene que ver además con; y parafraseando a la profesora Yoama Paredes,
“darle palo a las ideas y acciones que perpetúan el modelo viejo para que
termine de morir y, por otro lado, crear, propiciar y favorecer las ideas y
acciones innovadoras que hagan que lo nuevo termine de nacer” y poder
llegar entonces, a lo dicho por Ernesto “Ché” Guevara, “cuando
lo extraordinario se hace cotidiano, estamos en presencia de la revolución”.
Durante
mis inicios en la carrera docente, siempre cuestione al sistema educativo bajo
el cual me forme y el cual vivencie durante mi niñez y adolescencia; ya que era
muy memorístico, repetitivo y aburrido; que no enseñaba ni dejaba nada para la
vida. Es por ello, que desde mis primeros años de ejercicio docente fui
buscando, experimentando y poniendo en práctica otras formas de enseñar, para
tratar de romper con esos viejos paradigmas y esquemas rígidos de educar. Poco
a poco fui comprendiendo la importancia que tiene el principio de Integralidad
en el desarrollo de las capacidades de los niños y de las niñas, en compartir
con ellos y ellas experiencias significativas que les sirvan para su vida
presente y futura como ciudadanos y ciudadanas de nuestra patria hermosa. Por
esta razón, desde hace ya varios años he tratado de estructurar un método de
trabajo; en el cual se aborde y atienda dentro de las clases de educación
física, la práctica y difusión de los valores, el respeto, la convivencia entre
todos, la tolerancia, el bien común, el trabajo cooperativo. Una forma de
trabajo que, en la medida de las posibilidades que brinde el entorno, se
deslastre de la vieja cultura y prácticas arraigadas de la escuela
convencional, como lo es el individualismo, la competencia entre rivales, la
descalificación hacia los considerados por algunas personas y sociedades como
“los más débiles e incapaces”, del profesor considerado por sus demás compañeros
de labores como el mal vestido, el mal hablado o el cabeza de músculo. En fin,
podría asegurar y reafirmar mi convicción en el desarrollo integral armónico y
holístico de las capacidades, destrezas y habilidades del ser humano;
apoyándonos en el juego, la música, la cultura, el trabajo cooperativo, la
curiosidad, la resolución de situaciones entre todas y todos, entre otros. Todo
esto, concuerda con lo establecido en la Ley Orgánica de Educación en su
Artículo número 06, Ordinal 03, Literal D; el cual señala el “… desarrollo
socio-cognitivo integral de ciudadanos y ciudadanas, articulando de forma
permanente, el aprender a ser, a conocer, a hacer y a convivir, para
desarrollar armónicamente los aspectos cognitivos, afectivos, axiológicos y
prácticos, y superar la fragmentación, la atomización del saber y la separación
entre las actividades manuales e intelectuales.”.
El profesor Armando Rojas,
en su libro “Educación como continuo humano”. Refiere que “sin duda la edad fue
fundamental para la estrategia de enseñanza que Robinson brindó a Bolívar y
esta estaba fundada en la cualidad de aprender que tiene todo ser humano; por
ello su acción docente fue la de crear las condiciones para que ese aprendizaje
se desarrollara al máximo en todos los ámbitos de la condición humana: mental,
física, biológica y de contexto tanto temporal como espacial.” (Armando Rojas,
Educación como continuo humano, 2006 p 10). De igual forma, refiere Díaz
Cantillo que “La educación es un proceso cuya finalidad es el pleno
desarrollo del ser humano; es el vehículo de la cultura y de los valores como
construcción de espacios de socialización, a su vez, en la práctica pedagógica
debe buscar creadoramente los métodos y vías para favorecer el desarrollo
personal y grupal desde las potencialidades de los aprendizajes sociales que
ellos brindan”.
Ya
para concluir, permítanme realizar la comparación de la escuela que tuve, la
escuela del presente y la escuela que quiero tener a futuro. La escuela que
tuve, fue la escuela en la que me forme y me criaron, era excluyente,
intolerante, se centraba en el saber cómo excelencia; enseñaba para la
sumisión, la disciplina castigadora y el sometimiento del individuo; propiciaba
el individualismo, la competencia entre rivales, el desarraigo de nuestra venezolanidad,
de nuestra identidad y nuestra cultura; era multiplicadora de contenidos
desfasados de la realidad, maltratadora y violadora de derechos humanos; que
ridiculizaba el ser pobre, indio, campesino o negro. La escuela del presente,
es en la que me encuentro inmerso ahora, la que todavía presenta la lucha de
modelos antagónicos, que tiene vestigios de la vieja escuela de donde fuimos
formados y que todavía no termina de morir; que tiene al mismo tiempo,
elementos innovadores, integrales, revolucionarios y humanistas que no se han
arraigado en la totalidad de los docentes del país porque aún no ha terminado
de nacer, que presenta en algunos lugares o planteles muchas fortalezas y en
otros muchas debilidades. La escuela que quiero tener a futuro, es aquella que
acompañe a los niños y niñas en su proceso de formación; que los respeten como
ciudadanos y ciudadanas; que practique de manera cotidiana los valores para la
vida; que desarrolle y atienda sus capacidades básicas, sus habilidades y
destrezas que les sean útil en su vida presente y futura; que haga que sus
estudiantes se sientan amados y amadas, protegidos y protegidas, que se sientan
felices; que les enseñe a cantar a bailar, a hacer cosas con las manos, a
desarrollar la creatividad a todas y a todos en igualdad de condiciones; que
propicie espacios, actividades y dinámicas que promuevan el trabajo
cooperativo, complementario y solidario; en fin, una escuela propiamente
humanista, holística e integral en todo el sentido de la palabra, fundamentada
en los ideales de Simón Rodríguez, Simón Bolívar y Hugo Chávez.
El título de esta ponencia “EN
BUSCA DE MI VOCACION DE MAESTRO” nos convoca a todos y a todas a
explorar en el interior de nuestro ser y a reflexionar de manera sincera y
honesta sobre cuál es la verdadera inclinación o interés que sentimos los
docentes y las docentes para desempeñarnos de una forma determinada en nuestra
práctica pedagógica.
Simón Bolívar señaló en su
escrito titulado “Método que se debe seguir en la educación de mi sobrino
Fernando Bolívar”. “La educación de los niños debe ser siempre adecuada a
su edad, inclinaciones, genio y temperamento”. Lima, 1825.


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