lunes, 3 de abril de 2017

PEDAGOGÍA DE LA INCLUSIÓN


Profesor Ricardo González
 

Un 15 de enero “Día del Maestro”, en el seno de una familia humilde con valores y principios muy arraigados, nació éste humilde servidor, parecía que desde el momento de mi nacimiento se me decía “tú misión es ser maestro” y lo acepté; pero no de manera fácil, ya que antes de hacerme educador hice muchas cosas más, todas ellas me llevaron a ser el hombre, el padre, el amigo, el hijo y sobre todo el maestro que hoy soy.
Crecí teniendo el amor y el ejemplo como elementos claves y siempre presentes en mi crianza. Mi madre, la mejor representación del amor, la paciencia y la esperanza; de ella aprendí a “creer”, si a creer que el amor es el motor que mueve el mundo y que todo, absolutamente todo lo que haga debo hacerlo con amor. Mi madre decía “vas a ser lo que tú quieras ser, vas a llegar hasta dónde tú quieras llegar. Pero hagas lo que hagas no olvides nunca de dónde vienes y que el amor, sólo el amor puro y sincero, todo lo logra”. Mi padre, un trabajador incansable y de él aprendí que la única forma de  alcanzar la grandeza era con estudio, trabajo, tesón, esmero, disciplina y sobre todo con dedicación. Dos frases que mi padre siempre decía: “la vida no te regala nada, hay que ganarse las cosas y lo mejor forma de hacerlo es trabajando duro”. Y la otra era: “la única herencia que te voy a dejar son los estudios, así que no dejes de formarte profesionalmente”. Mi madre sin lugar a dudas el amor y mi padre el ejemplo.
Fui creciendo y desde pequeño siempre tuve una atención especial con aquellas personas que eran “diferentes” a mí, aun recuerdo a Ismael, él era un “niño”, tenía como 20 años más que yo pero era un niño y aunque mis amigos decían que era un “moustruo” y se burlaban de él, yo prefería jugar con él. Luego en la escuela, mi muy amada y actualmente deteriora escuela “Arturo Sarcos Villena”, lugar donde se desarrolla el presente congreso pedagógico, aquí conocí a Luis, otro amigo que a pesar que era mucho mayor que yo siempre estaba en la escuela con su uniforme de primaria muy limpio y bien planchado, él siempre estaba en el salón donde trabajaba su mamá, (la maestra Carmen) y el recreo era el momento para que, de igual a igual, jugáramos juntos.
Más adelante, ya de adolescente conocí a Miguel “mi padrino” y aunque nunca hubo ningún sacramento que le diera ese título, siempre lo fue; cuando conocí a Miguel él estaba en una silla de ruedas, era “gordo” y movía con mucha dificultad su cabeza; los brazos y piernas ya no los podía mover por sí solo. Sin embargo, eso nunca fue impedimento para llevarlo conmigo al gimnasio a hacer ejercicios, yo fungía de “instructor” y desde ese momento comencé (sin saberlo) a dar una atención integral desde un Modelo Social de atención a la discapacidad a una persona con “distrofia muscular de duchenne”, valorando así a la persona y sus potencialidades por encima de su discapacidad. Claro está, esos términos no los conocía en ese momento, de hecho me apropie de ellos mucho tiempo después.
La vida siempre me puso al servicio de las personas con discapacidad, es así como al pasar el tiempo me hice entrenador de la selección de Aragua de volibol de atletas Sordos, y luego fui entrenador nacional de la misma disciplina, alcanzando logros significativos para mi país.
Lo anteriormente descrito, más que ser de carácter anecdótico tiene como finalidad denotar cómo adquirí (de manera vivencial), los conocimientos que posteriormente fueron ampliados por la academia en mi formación profesional; ya que después de tener significativas experiencias en la atención integral de Personas con Discapacidad (PcD, en lo sucecivo) desde la perspectiva de un Modelo Social (para mi desconocido pero aplicado de manera empírica), dichas experiencias fueron contrastadas con toda la teoría estudiada en mi proceso de formación como Profesor de Educación Especial en Dificultades en la Universidad de los Maestros, mi siempre recordada y muy querida Alma Mater; Upel Maracay.
En mi proceso de formación académica, descubro que existen principalmente dos modelos de atención para las personas con discapacidad; el primero surge a comienzos del siglo XX con un enfoque Clínico-Rehabilitador que emerge de manera simultánea en Europa y América producto de los importantes progresos en estudios y tratamientos clínicos, modelo que fue utilizado por mucho tiempo para la atención de Personas con Discapacidad y que en consecuencia impregnó el modelo educativo de Educación Especial implementado en ese momento. 
El segundo, el Modelo Social que surge en la década de los 70, producto de la lucha encabezada principalmente por PcD y sus familiares quienes se unen para rechazar lo que consideraron un trato propio de “ciudadanos de segunda clase”; ya que las PcD, particularmente las que vivían en residencias estudiantiles universitarias estadounidenses, se enfrentaban a una serie de barreras sociales y ambientales existentes. Barreras tales como el transporte público y edificios inaccesibles, actitudes discriminatorias y estereotipos culturales negativos, todo estos elementos (según ellos alegaban) discapacitaban a las personas con discapacidad.
Es necesario mencionar que el joven Ed Roberts, es el caso emblemático y se puede decir que el precursor del Modelo Social en Norteamérica. Roberts, era un norteamericano con Discapacidad Motora, específicamente poliomielitis, paralizado del cuello para abajo y quien requería respiración asistida. Él fue catalogado por el Departamento Estatal de Rehabilitación de California, bajo una nomenclatura de severa, afirmando que éste se encontraba  “demasiado impedido para trabajar”. Este joven, ingresó a la Universidad de Berkeley, California, en el año de 1970; luego superar todos los obstáculos fue admitido para cursar una licenciatura en Ciencias Políticas y se alojó en la sala de enfermería, debido a que los dormitorios no le eran accesibles.
El ingreso de Robert abrió la brecha para que la Universidad de Berkeley comenzara a recibir a personas con movilidad reducida, es así cómo Roberts, en compañía de los estudiantes con discapacidad que fueron ingresando, comenzaron a luchar por sus derechos sociales, reclamando las modificaciones en infraestructura necesarias en la universidad, logrando una mayor accesibilidad para los estudiantes con discapacidad y el nacimiento de una lucha social fundamentada en el derecho humano de acceso a la educación.
Por otro lado, El Modelo Social, específicamente en materia educativa propone que las prácticas asistencialistas deben ser superadas, para dar paso a modelos inclusivos no solo en materia de educación, sino en todos los sectores de la sociedad, generando así una mayor participación social, educativa y laboral que no se centren en la “deficiencia” de la PcD, sino que concentre su atención y esfuerzos en la accesibilidad universal que debe tener cualquier contexto, permitiendo que todos y sobre todo las PcD,  puedan alcanzar sus metas personales y realizar aportes significativos en la sociedad donde se desenvuelven.
En tal sentido, hablar del Modelo Social de Atención Integral de las PcD, es hablar de Inclusión, entendiendo a esta como la acción que propone la transformación profunda en las estructuras sociales, educativas, económicas, políticas, entre otras, para que estas puedan propiciar espacios de participación plena para las PcD en igualdad de condiciones y oportunidades, dirigiendo las acciones hacia la construcción de una sociedad que no propicie situaciones discapacitantes, si no que por el contrario, avance hacia la accesibilidad de todos por igual.
Por ello, la escuela inclusiva debe ser un espacio para todos, con una accesibilidad donde la coexistencia de una PcD no represente mayores esfuerzos individuales. Una verdadera escuela inclusiva va más allá de simplemente acoger a determinados estudiantes y adaptarles procedimientos y actividades educativas para que puedan seguir una dinámica escolar a menudo muy rígida, ser una escuela inclusiva se trata de organizarse como institución en función de todos.
Ahora bien, es necesario y lamentable reconocer que las escuelas públicas hacen cada vez más difícil la inclusión de Estudiantes con Discapacidad (EcD, en lo sucesivo), debido a la presencia de diversas barreras, entre ellas, las arquitectónicas y actitudinales; limitando ambas, de manera significativa el autónomo desenvolvimiento de los EcD que se encuentran “integrados” en escuelas regulares, sin contar con las condiciones personales, pedagógicas e institucionales adecuadas para ello. Lo anteriormente mencionado, se evidencia en el informe de “Opiniones y Miradas desde La Educación Especial”, informe enmarcado en La “Consulta Nacional por La Calidad Educativa (2014)” específicamente en temas concernientes a la Modalidad de Educación Especial (EE, en lo sucesivo). Documento emanado por el Ministerio del Poder Popular para la Educación.
El mencionado informe, recoge entre sus elementos más relevantes: la carencia de personal especializado para la conformación de los equipos interdisciplinarios, la carencia de recursos para el aprendizaje adaptados y la carencia de infraestructuras adecuadas en la modalidad. Al mismo tiempo recomienda, reevaluar el proceso de inclusión de la población con Necesidades Educativas Especiales (NEE, es lo sucesivo) o con discapacidad en aulas regulares, por no haberse considerado la inexistencia de las condiciones personales, pedagógicas e institucionales adecuadas. Además, de no contar con docentes preparados para brindar la atención especializada a los estudiantes en estos espacios educativos. Opiniones y Miradas desde La Educación Especial (2014).
Dicha realidad debe ser vista desde la perspectiva de una Pedagogía de la Inclusión la cual surge en consonancia con los postulados que propone la Pedagogía Actualizante, movimiento iniciado en la Universidad de Moncton en Canadá, institución impulsora de la integración escolar y de la normalización. La pedagogía de la inclusión busca fusionar la EE y la educación regular en una sola, de manera que responda a las necesidades particulares de todos los estudiantes. Este movimiento progresó por Canadá y América del Norte, así como en otros países occidentales, la misma se fundamenta en una filosofía que promueve la total participación de todos los educandos en todos los aspectos de la vida escolar y comunitaria, independientemente de su discapacidad. Desde esta perspectiva, se considera que el concepto de inclusión es en sí mismo un objetivo legítimo que debe ser perseguido en todas las escuelas y en todas las comunidades.
Ahora bien, el problema de la Inclusión de EcD visto desde la perspectiva de Pedagogía de la Inclusión se circunscribe en la Pedagogía del Amor ya que, educar es un acto de amor mutuo. Es muy difícil crear un clima propicio al aprendizaje si no hay relaciones cordiales y afectuosas entre el profesor y el estudiante, si uno rechaza o no acepta al otro es imposible educar.
Tal como lo menciona Pérez Esclarín, el amor es paciente y sabe esperar, por eso, respeta los ritmos y modos de aprender de cada uno de los escolares (tal y como lo propone la pedagogía de la inclusión); el amor siempre está dispuesto a brindar nuevas oportunidades. En tal sentido, se debe tener en cuenta que la educación es una siembra a largo plazo y no siempre se ven los frutos, de ahí que la paciencia se alimenta de esperanza, de tal modo que, la paciencia esperanzada impide el desánimo y la contaminación de esa cultura del pesimismo y la resignación que parecen haberse instalado en tantos centros educativos. (Pérez 2012)
Por otro lado, hay docentes que llegan a enorgullecerse de su fracaso, si su fracaso, porque no conozco a ningún médico que vaya alardeando por allí de que, de cincuenta enfermos que atendió, sólo le sobrevivieron cuatro. Tampoco sé de ningún ingeniero que se ufane de que la mayoría de los edificios que empieza nunca quedan terminados o se derrumban apenas los termina.
Pero si se escucha (sobre todo en educación media), a educadores que exhiben sin el menor pudor su fama de “raspadores”,  hasta se les oye comentar, sin pena y casi con gozo: “De cuarenta, sólo me pasaron siete”. Ignoran que el único modo de comprobar la idoneidad de un docente es mediante el éxito de sus estudiantes. Si los escolares salen mal, él también está saliendo mal, pues no logró motivarlos y guiarlos para que descubrieran lo que debían descubrir.
Sin embargo, se tiene el otro extremo, en muchas instituciones regulares se observa una conducta filantrópica y hasta lastimera que debe ser erradicada, dónde se le facilita de manera descarada la evaluación de los aprendizajes a los EcD, para que los mismos sea aprobados y promovidos sin alcanzar las competencias mínimas necesarias para ello.  Si bien es cierto que una pedagogía de la inclusión no culpa a los estudiantes de su fracaso, tampoco los exime de su responsabilidad de cumplir con las competencias necesarias para su aprobación, para ello se recurre a la Adaptaciones Curriculares Individualizadas como medios, herramienta, formas y estrategias que facilitan el proceso de inclusión.
Por otro lado, si los estudiantes no aprendieron, habrá que revisar entonces el contexto y la experiencia de aprendizaje para ver qué está funcionando mal: el método, la motivación, los materiales, los conocimientos previos, las estrategias, en fin, todo lo necesario; para entonces introducir las modificaciones necesarias y así los estudiantes tengan éxito. La evaluación se convierte entonces en un medio excelente para que el profesor conozca cuáles son las fortalezas y carencias de cada estudiante para así poderle brindar la ayuda que necesita.
Al mismo tiempo, el problema de la Inclusión de EcD visto desde la perspectiva de Pedagogía de la Inclusión se circunscribe en la Pedagogía del Ejemplo. Es por ello que, a pesar que en nuestras ciudades y pueblos impera la cultura de la muerte, la violencia, la exclusión, la indiferencia; los centros educativos deben ser recintos de vida, para la inclusión, para la participación activa de todos, para la paz, de manera tal que todos los estudiantes se sientan a gusto, seguros y felices de asistir a las escuelas.
En tal sentido, Luis Beltrán Prieto Figueroa decía que las escuelas no deben ser el reflejo de la sociedad que tenemos, por el contrario, deberían ser el reflejo de la sociedad que queremos. En consecuencia, las aulas y todos los recintos escolares deben invitar a la alegría, ser atractivos y accesibles en lo físico y lo actitudinal, al mismo tiempo debe ser un el ambiente irradiador de aceptación, comprensión y ayuda.  Si pretendemos una educación inclusiva y en alegría, cada plantel tiene que ser un manantial de accesibilidad, de aceptación, confianza, camaradería y amistad, un espacio digno, pulcro, que irradie vida y donde todos se sientan bien.
Se necesita entonces “recrear” la escuela para que no siga privilegiando la memoria y la repetición, sino que cultive la imaginación y la creatividad. Pero no una Creatividad para adaptarse y triunfar en este mundo que confunde la felicidad con consumir y el capricho con la libertad, sino para transformar y crear. Y todo eso debe partir del ejemplo, es por ello que el docente debe ser el primer “recreado” para poder contribuir con la “recreación” de la escuela, una escuela verdaderamente Inclusiva.
En consecuencia, la inclusión no debe ser vista como una utopía, pero tampoco puede ser decretada por entes del Estado, es imposible decretarla; la inclusión debe ser construida con la participación de todos los actores del hecho educativo. En tal sentido, se debe ir rompiendo con viejos esquemas e ir generando un cambio de pensamiento, en consecuencia se debe poner de manifiesto un actitud positiva hacia la atención de EcD que se encuentran en aulas regulares, partiendo desde la perspectiva del Modelo Social de la Discapacidad anteriormente descrito, solo eso hará posible alcanzar lo que hoy parece utópico pero que debe convertirse en una realidad.
Se trata en definitiva de una pedagogía de acción y no de verbalización, se debe ir desverbalizando la labor educativa, para ello, los docentes deben aprender a callarse, hay que hablar menos y dedicar más tiempo a la acción, pero no una acción sin sentido, por el contrario a una acción planificada con el objetivo de motivar, organizar y guiar el trabajo de los estudiantes. Pero guiar siendo ejemplo, siendo el maestro el primero en el accionar, no delegando la responsabilidad en otro.
Por último, el problema de la Inclusión de EcD se circunscribe en la Pedagogía de la curiosidad, en tal sentido, el quehacer diario debe despertar la curiosidad en los estudiantes, eso no es más que hacer atractivo, apetitoso y deseable el aprender. El docente debe despertar el deseo de aprender, de descubrir, de estar en permanente búsqueda del saber de sus estudiantes y eso se logra siendo el docente un apasionado del saber y esa pasión es trasmitida a sus estudiantes los cuales desarrollan el gozo de su propio descubrimiento.


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