Según un proverbio suizo “las palabras son enanos,
los ejemplos son gigantes”
Para llegar a encontrarme con lo que quiero ser fue necesario reconocer
de dónde vengo, para contrastar lo que aprendí y lo que estoy haciendo; darme
cuenta de donde estoy, para reflexionar y emprender las acciones que me
llevaron a hacer cambios en la práctica pedagógica, y a la convicción de lo que
definitivamente quiero ser. Cuando llegas a ese proceso de reflexión, a ese
despertar, te das cuenta de que la puesta en práctica del oficio del maestro va
más allá de dar una clase, registrar, evaluar; es dedicación, entrega,
compromiso, constancia, es un acto de amor que tiene recompensas más
espirituales que materiales.
Nadie da lo que no tiene, nadie puede hablar de
lo que no ha vivido. No vine a decir lo que se debe hacer, vine a compartir lo
que estoy haciendo, porque las creaciones humanas se comparten.
Estudiar educación honestamente no era mi vocación, siempre quise
formarme como Contador Público pero el ingreso a la universidad era muy
selectivo y exigían como requisitos altos promedios, y por circunstancias de la
vida fue por el área de Educación que pude ingresar al sistema universitario.
Tuve de niña y adolescente experiencias escolares que pasaron a ser el patrón
de lo que no debo reproducir, aun cuando decidí estudiar educación porque era
la única opción más que por vocación me he involucrado y comprometido tanto con
mi oficio que, cada día agradezco a Dios por haber reorientado mi camino pues
fueron los niños y las niñas quienes me ayudaron a encontrarme y eso lo
retribuyo con amor.
Me registre en el Programa Nacional de Formación
Avanzada porque supe que la dinámica de los encuentros seria desde la sistematización
de experiencias pedagógicas, lo que me parece muy pertinente, porque quisiera
saber qué hacen otras escuelas, cómo trabajan otros docentes y de alguna forma
compartir mi experiencia, y obtener insumos para fortalecer mi práctica, fue en
estos encuentros donde conocí a Paulo Freire, Luis Bigott, Pérez Esclarín,
Eduardo Galeano, Erich Fromm, entre otros, pues me motivaron a leer para
argumentar lo que escribo, porque el conocimiento es poder, desde entonces
estoy dándole nombres a lo que he venido construyendo desde mi aula.
A diario promuevo el respeto a sí mismo y al
prójimo, les ofrezco actividades que les permitan aprender haciendo,
practicamos en todo momento valores de tal forma que ellos mismos sean
conscientes de su proceso, cuando algún niño se ausenta, busco junto al
representante la manera de resolver la situación que impide que se incorpore a
la escuela, conversamos sobre todo lo que ocurre en la escuela, en la comunidad
y en el país abriendo espacios para que ellos y ellas expresen sus ideas,
posibles soluciones, inquietudes, trabajamos en un ambiente donde todos y todas
somos iguales, así que no hay preferencias, se reconocen los logros y se
reorientan las posibles distorsiones, cada día cuenta en la suma de
experiencias significativas, los castigos no existen y las recompensas tampoco,
hay oportunidades para todos.
Los referentes éticos se consideran como la
esencia de la estructura de trabajo y los ponemos en práctica para el logro de
los propósitos e intencionalidades pedagógicas, apreciamos la vida al plantar
una semilla y seguimos con mucha atención su crecimiento y desarrollo. En la
entrega del rendimiento escolar describo los logros, avances y dificultades del
niño y la niña de manera que, al determinar las dificultades, oportunamente
generar mecanismos que permitan superarlas dándole mayor importancia a los
procesos y no a los resultados.
Mantengo una comunicación abierta y constante
con los padres y representantes, orientándolos incluso al mejoramiento de la
convivencia familiar. Escucho con atención e interés las inquietudes de los
niños y niñas y actúo como agente mediador en el aula de clases. Me apoyo en
las tecnologías de la información y comunicación (tic) para el procesamiento de
toda la información que se recoge permanentemente en los registros de
participación de los niños y niñas. Incorporo como estrategias metodológicas en
las clases elementos de música, canto, baile, cuentos, poesía, teatro como
actividades que contribuyen en el desarrollo integral de los niños y niñas; a
la vez de realzar nuestras tradiciones culturales y reafirmar nuestros valores
de identidad y soberanía. La verdad no sé si lo que hago a diario con mis niños
se pueda definir como pedagogía del amor, el ejemplo y la curiosidad, pero
si a diario los niños dicen que les gusta venir a la escuela y que se sienten
felices y así lo demuestran, entonces sé que voy por buen camino.
Claro está que no todo es color de rosa, existen los
nudos críticos, existen los momentos de desaliento, desesperanza, pero de eso
se trata el amor de esperanzar la paciencia. Pérez Esclarín (2009) en su
trabajo Educar es enseñar a amar afirma: “El amor es también paciente y sabe
esperar. Por eso, respeta los ritmos y modos de aprender de cada uno y siempre
está dispuesto a brindar una nueva oportunidad. La educación es una
siembra a largo plazo y no siempre se ven los frutos. De ahí que la paciencia
se alimenta de esperanza, de una fe imperecedera en las posibilidades de
superación de cada persona. La paciencia esperanzada impide el desánimo y la
contaminación de esa cultura del pesimismo y la resignación que parecen haberse
instalado en tantos centros educativos”. (p.155)
Se educa antes con los hábitos que, con el razonamiento, para educar en
valores es fundamental lo que se hace, no solo lo que se escribe, los
revolucionarios no solo deben teorizar, también deben practicar lo que
teorizan.
En muchas ocasiones deje a un lado
la rígida planificación, la pizarra y el marcador para escuchar el relato de
los niños sobre sus experiencias del fin de semana, o para salir al patio a
jugar, porque eso era lo que ellos querían hacer. Muchas veces la clase que
planificamos es para ellos una camisa de fuerza a la que se resisten. Un
ejemplo claro es el siguiente: la maestra da una clase sobre los elementos de
la comunicación, los niños deben memorizar algunos conceptos para en una fecha
determinada por la maestra presentar una prueba, ¿qué ocurre?, el niño se pone
nervioso y no logra responder al cuestionamiento, o sencillamente ese día no
asiste a la escuela inventando cualquier excusa; ahora me pregunto ¿es que
acaso a diario el niño no pone en práctica el proceso de la comunicación?, no
se trata de que el niño aprenda el concepto que la maestra planifico
inyectarle, sino de que el niño reconozca que cuando conversa se está
expresando oralmente con otro individuo y que cuando uno habla el otro escucha
y así sucesivamente, y que debe hacerlo en un tono de voz adecuado al espacio.
Entonces llegó el momento de cuestionar la
lógica y métodos en mi práctica para transformarla de acuerdo a las necesidades
e intereses reales de los niños. En ese trance comencé a escuchar lo que llaman
el principio del continuo humano, el desarrollo de procesos y capacidades
humanas, la educación para la liberación, la integralidad, la revolución
educativa, una concepción distinta del currículo. Un tema para ese momento (y
actualmente) tan complejo que, para muchos, era mejor ni tocarlo, porque
obedecía a cambios profundos en la forma y estructura de trabajo, y más allá de
eso, cambios profundos en mi formación como docente, lo que se traduce en “más
trabajo”. Porque desarma al maestro, lo saca de su estado de comodidad.
Comencé entonces a buscar las semejanzas y
diferencias entre el currículo básico nacional y el currículo nacional
bolivariano, en cuanto a sus características, fundamentos legales, filosóficos,
sociológicos, psicológicos, pedagógicos, entonces caigo en cuenta en que el
currículo lo concebía como un ambiente preparado artificialmente dentro del
proceso educativo y no como el punto de partida para el desarrollo pleno de la
personalidad y de la cultura, aquí empieza el conflicto más grande: ¿y con qué
se come eso?, “eso no fue lo que aprendí en la universidad”; según el profesor
Antonio Pérez Esclarín “impulsar una educación de calidad requiere directivos y
docentes distintos y, por ello, la necesidad de formarlos. Pero no es
suficiente cualquier tipo de formación” … “hay que convertir al docente en el
sujeto de su formación – transformación, si en verdad queremos incidir en la
calidad de la educación y de los centros educativos”.
La escuela desde la educación inicial debe
garantizar que el niño y la niña desarrolle sus procesos de vida en el ser, en
el hacer, en el conocer, en el convivir, aspirando a la formación de un ser
humano capaz de desenvolverse en la sociedad en la cual le ha correspondido
vivir, capaz de conmoverse con la vida de los demás y del ambiente, que
desarrolle procesos cognitivos, afectivos y emocionales que le permitan la
transformación de su realidad y que tenga la sensibilidad y compromiso social
necesario para poner su saber, conocimientos y experiencias al servicio de la
sociedad, en otras palabras, un ser humano pleno, desenvuelto y feliz.
Considerando siempre que “al niño se le educa
según su genio, según su talento, según su inclinación, según su temperamento”
como lo afirmaba Simón Bolívar, es importante reconocer que cuando un maestro
planifica debe tener presente que no todos los niños aprenden al mismo ritmo,
que lo que para algunos puede ser interesante para otros no, que muy
probablemente lo que planificaste no lo entiendan por que la estrategia no fue
la más acertada; por otro lado es necesario entender el principio de
integralidad en el desarrollo de la personalidad de manera continua, esto
quiere decir que a diario desde que el niño y la niña llegan a la escuela, pone
en práctica el ser, hacer, conocer y convivir, por lo que estos aspectos deben
considerarse de manera equilibrada en su proceso de aprendizaje.
Para que toda esta estructura de trabajo tenga
éxito es necesario tener la convicción de lo que estoy haciendo e imprimir amor
para consolidar los avances. En la escuela por lo general los colectivos se
desarrollan en base a las exigencias de los procedimientos administrativos que
exige la zona educativa a través de los jefes de municipio y no hay espacio
para la formación docente, por lo que ocurren dos situaciones, la primera,
ignoras que hay un proceso de transformación educativa y sigues pasando
coleado, y la segunda, en el proceso del “darte cuenta” por tus propios medios
emprendes el proceso de autoformación.
Me aferré a la Constitución de la República Bolivariana de
Venezuela, a la Ley Orgánica de Educación, a la Ley para la Protección del
Niño, Niña y Adolescente, a la educación como continuo humano, entre otros, y
comencé a revisar documentos de trabajos realizados por maestros aragüeños en
la búsqueda de una nueva cultura escolar, para esto fue necesario leer
despacio, desmenuzar cada palabra y relacionar cada concepto con la práctica
diaria para poder entender, y lo más importante “es necesario creer que los
cambios son posibles”.
No se trata de borrar y comenzar de nuevo,
tampoco de desaprender para aprender sino de generar cambios necesarios en la
forma de entender la puesta en práctica del ejercicio docente, se supone que
las experiencias que viví en el pasado en cualquier ámbito contribuyeron al
desarrollo de mi personalidad y si alguna de estas experiencias fue frustrante
o muy difícil de superar, debo reconocerla y transformarla para eso es
necesario un proceso de sanación.
Se trata de hacer un espacio para la reflexión
en cuanto a ¿qué me llevó a tomar la decisión de ser maestra? ¿me preocupo por
mejorar mi desempeño?, ¿me gusta realmente lo que hago? ¿de verdad creo en lo
que hago? Todo este cuestionamiento me llevo a entender que, en educación, como
en la vida, no hay camino hecho, se hace camino al andar, que la meta no está
al final del camino, sino que consiste precisamente en seguir caminando y
buscando siempre, en no claudicar, en administrar la esperanza y seguir fieles
a la búsqueda de una educación siempre renovada, yo llevo un trecho de 11 años
en la búsqueda y la renovación, reflexionando, cuestionando, aprendiendo con
los niños y las niñas, amando a lo que me dedico “ser maestra”. El que cambia
puede equivocarse; el que no cambia, vive equivocado.
A diario al levantarme agradezco a Dios por una
nueva oportunidad de vida, me preparo para trasladarme hasta la escuela y por
el camino voy visualizando mentalmente la rutina escolar, no es cierto aquello
de que “mi trabajo termina cuando salgo de la escuela y empieza cuando al otro
día regreso”, soy maestra donde sea, siempre en todo momento mi cabeza está
trabajando pensando en los niños, en posibles actividades, en cambiar
estrategias, en propuestas, en la forma como se desarrolló algún evento, en sus
actitudes, investigo, busco información en la web, muchas veces se me ocurren
nuevas ideas y salgo corriendo a buscar un lápiz y papel para escribir y no
olvidarlo luego.
La prosecución es una excelente estrategia para
el seguimiento de algo que hemos comenzado y que tiene una cierta importancia
como es el caso de la continuidad afectiva en la experiencia escolar, trabajo
actualmente con niños y niñas con edad correspondiente al segundo grado y que
en prosecución vienen compartiendo conmigo desde el primer grado, juntos nos
vamos luego al tercer grado y terminado el año escolar le hago entrega pedagógica
a la maestra que los recibirá en cuarto grado y que los acompañara hasta que
culmine su trayecto por la escuela. Esta estrategia me permite estar allí
cuando la niña o el niño con ojos de asombro dice ¡lo logre!, me permite saber
cuándo tiene hambre, cuando está nervioso, cuando miente, cuando se enamora,
cuando está feliz.
La invitación es para que observen a los niños
jugar, para que vean dibujos animados, a que se atrevan a ensuciarse la ropa
sentándose en el piso a contar un cuento, los invito a conocer al niño, lo que
hace, lo que le gusta para poder entenderlo. Los invito a estudiar
permanentemente para crear las condiciones y propiciar espacios para el hacer,
para el convivir, para el saber, para el intercambio.
No debo decir “yo no me llevo trabajo para mi casa”,
porque cuando un niño me ve en la calle me llama “maestra”, porque el vestido
de maestra no me lo puedo quitar al salir de la escuela, lo llevo pegado a la
piel.
Educar es enseñar a amar, pero no puedes enseñar a
nadie a amar si no amas, si tu corazón no está en paz; debemos superar la
desvinculación que hay entre la palabra y la acción, ser fieles a nuestros
principios y actuar con ética profesional, valorar la labor docente como vía de
autorrealización, reflejar en nuestras acciones amor, paz, armonía,
cooperación, solidaridad, compañerismo, tolerancia, sensibilidad,
responsabilidad, alegría; cuando hay coherencia entre lo que siento, digo y
hago entonces es más sencillo despertar la curiosidad que le proporciona al niño
o la niña el interés necesario para querer aprender, porque cuando al niño o la
niña le agrada algo le será más fácil aprenderlo; sin la curiosidad que me
mueve, que me inquieta, que me inserta en la búsqueda, no aprendo ni enseño.



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